jueves, febrero 21, 2013

El fantasma de las relaciones pasadas

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Ella está sostenida por la entrada de la casa. Ella guarda sus cosas con una mueca en la cara. Ella se arrastra con pasos de soldado por el corredor lleno de ratas. Yo intento sujetarme de umbrales cualquiera en una esquina parchada. Ella va recopilando mis miedos; los encuentra en el cuarto de baño, escondidos en un rincón oscuro con dos miradas de terror iluminadas. Los echa en su bolsa, desde ahora puede dispararme a quemarropa. Yo me quemo de frío, me deshago en las tinieblas gélidas de la casa. He vivido esto antes; Ella se marchaba impertérrita. Intento lanzarle una soga, estamos a mitad de camino en la selva, somos acechadas por bestias multicolores de ojos oscuros, negros como la nada y fui un animal, veloz y tenaz que no pudo salvarla. Todo se nubla de repente, pienso en porque no ha podido ser solidaria, estoy débil, no puedo librar una batalla ahora, todo se va alejando; su voz, sus pasos demoledores, el aroma de su poleron. Ya he estado aquí: Traía el semblante desinteresado de las despedidas. Las piernas se me tuercen, se me devana la piel machacada. Ella conoce este lugar. Es tan sólo un mal disfraz. Quiero que sea la última, que se convine con todo allá afuera, que se alteren los caminos devuelta, que se rompa el rito absurdo de las coincidencias y reírme a carcajadas de la desavenencia de su partida. Decirle que tentó a la suerte, desafortunada. Pero estoy en medio de una cruzada, me la arrebataron de las manos mercenarios de un reino sacrílego. Nunca he portado una espada, pero estoy dispuesto a desenvainarla, tengo el corazón hinchado, me sudan las manos y toda la sangre a corrido a mis piernas a alta velocidad, la misma que me impulsa a ella con las pupilas endurecidas, mientras su cuello es rebanado en la altura de un podio. Caigo justo después de terminar el corredor, el aliento me acompaña hasta los extremos de la cama. -Haz algo- me repito, sé el fuego de todos los fuegos, con las manos sangrantes, con los harapos a cuestas, mientras se cierra la puerta. Y estoy en 1980 perdiéndola en la salida de un café, con un trozo de primavera escondiéndoseme en el bolsillo. Y estamos en campos de trigo, en pedazos de naranja estallando en nuestras bocas, en un bosque helado en las riveras del sur, bajo el galope de caballos furiosos y descarrilados. Atrás y delante de un fusil. En el beso justo, en la estación prometida, en la hora mágica. 
Aún con los huesos atolondrados pienso en pararme. Enfrentarme a la inmensidad que se teje fuera de la habitación como un palacio de telarañas. Reunir las fuerzas bastantes para decapitar a los fantasmas que me adhiere, a las cosas que yo seré cuando se vaya, a las posibilidades de mi yo más absurdo, a todo lo que le inventé y me inventó, a su renuncia frente a la amarga probabilidad de que algún día surja en mi boca una risa desequilibrada. Y tomo toda esa matemática y las arrojo tras de ella como quien se deshace de injurias y calumnias malintencionadas. Porque alguno debía cansarse alguna vez, de ser el fantasma de las relaciones pasadas; En cualquier ciudad, en el siglo que ella estime, inclusive en el lado más flaco de nuestro sillón. 





"Estas líneas que miras ahora mismo

son columnas de arena vertical:
vas con ella fluyendo hacía el abismo
vas goteando hacía el fondo del cristal".
Oscar Hanh.



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