lunes, marzo 23, 2009

Luces bajas

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La espera más grande... la irrecorrible concurre en ese exacto segundo en que todo se ennegrece. Paradas intransitables. Dicen que la noche es más oscura justo antes de la mañana. Estoy aquí... inamovible. La ciudad se ha cobijado de tonos grises. ¿Qué he de esperar?. Tengo frío... uno de esos que se pliegan a los huesos y no desaparecen. La espero hace un millón de años; Nunca nada a dolido tanto. Quiero que llueva... que cercene las veredas, que se lleve por riachuelos de escombros el parque yermo, los cerros derretidos, los edificios agrietados... y yo en medio, arrojando a patadas las columnas, las piedras, la tierra mojada. ¿Y si entre el ruido alzo mi voz?, ¿y si de pronto mi grito fuese el más fuerte de todos?. Que la trajese, que la arrastrase mi garganta, mi lengua, mis venas estiradas como un elástico que se desplaza por la ciudad derrotada. La escucho venir... tambalean los árboles, caen las hojas resecas, oigo los jirones de su abrigo recortando las murallas, la puerta asolapada, las calles levantadas. De vez en cuando piso esas hojas marchitas, el sonido de la destrucción me recuerda a sus pies livianos jugando entre las hojas de otoño... caían para ella, para ser besadas por sus talones, por el único lugar de su cuerpo que toca el mundo. Me paseo por callejones nuevos, por habitaciones ajenas, por tejados demasiado altos, esperando que me encuentre en lugares donde nunca ha estado y que reconozca mis huellas de barro, que huela mis pasos, que sienta sed de mis aventuras y se desarme con los rumores de mi muerte. Pero ahí está ella, siempre veinte minutos tarde; con su cabello perfecto, con su sonrisa ancha, con sus ojos estirados.



"Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche..." (Pizarnik)


1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias