*
Cae el otoño en la ciudad. Los años amarillentos van pasando como si flotaran por la ciudad grisácea. Van pasando entibiándose las manos, encendiendo un cigarrillo, mezclando su humo con el de los tubos de escape de las micros teñidas de hollín. Los años con labios partidos, seduciendo el vaho de los transeúntes silenciosos, sumidos en su retorno de las seis. Los años tienen cabello negro y piel traslúcida: Tiene labios rosados como un botón de sangre, tiene los ojos como bilis amarilla y manos grandes para sostener los lamentos de mis pulmones envejecidos.
Consumo la vida en un soplido. Contemplo la ciudad estirándose sigilosa. Escucho su risa a lo lejos, la siento escaparse entre sus dientes abiertos. Recorro cada callejón estrecho por donde doblamos nuestros corazones lacerados, cada esquina por donde imaginaba que dedicaba mi tiempo en dejarle señales ingeniosas para encontrarnos en otra vida: En una donde ella porte la piel oscura y los ojos negros y yo sea un niño famélico en sus brazos sobreviviendo al final de algún final. Su boca gruesa y gigante me engulle el rostro y tenemos los ojos rasgados en una ciudad estruendosa, jugando a mirarnos por la estrecha escotilla de nuestros párpados mientras un huracán de neones refulgen en la ventana tras de ella y un rosado fluorescente colorea el espacio psicodélico de sus dientes delanteros, que me van absorbiendo lentamente como un portón de entrada hacía el agujero de gusano de su garganta.
Nunca le vi la piel tan azul.
Ésta es mi primera vida con ella y me agoto al tener la primera certeza de que tendré que sobrevivir a tantas otras para encontrarla en la hora justa, en la estación predilecta. En cualquier primavera donde su sonrisa destelle púrpura profundo en los bolsillos apretados de alguno de mis jeans.
La escucho reírse a lo lejos. En lo más bajo de la ciudad. Reírse desde las cloacas e incluso a veces suelo confundirme y creer que es un quejido, que es su sexo palpitando bajo las veredas de ésta ciudad indolente, que me arroja cada vez contra el pavimento mientras las ruedas de éste artefacto recorren el doblez de los murallones por donde se cruzaron nuestras miradas nerviosas e ignorantes, inciertas y pretenciosas de un par de historias apoteósicas que hoy se descascaran en el cementerio de las glorias de nadie. Y las llantas inflamadas siguen su ruta, esquivando las de ella, repasando lugares nuevos por donde nunca pasaremos, inventando velocidades para pasar rauda por si se asoma su sombra en la próxima calle, por si la ciudad se encuentra aburrida y maliciosa y nos lleva a estrellarnos como cáscaras de huevos viejos que se funden en el cemento, derrotados, infecciosos, alimentando la boca de alguien más.
"En otro lugar,
lejos de ésta tierra y de su tiempo
espero tu rostro
donde se reúnen todos los rostros que he amado".
-Jorge Teillier-
miércoles, marzo 20, 2013
jueves, febrero 21, 2013
El fantasma de las relaciones pasadas
*
Ella está sostenida por la entrada de la casa. Ella guarda sus cosas con una mueca en la cara. Ella se arrastra con pasos de soldado por el corredor lleno de ratas. Yo intento sujetarme de umbrales cualquiera en una esquina parchada. Ella va recopilando mis miedos; los encuentra en el cuarto de baño, escondidos en un rincón oscuro con dos miradas de terror iluminadas. Los echa en su bolsa, desde ahora puede dispararme a quemarropa. Yo me quemo de frío, me deshago en las tinieblas gélidas de la casa. He vivido esto antes; Ella se marchaba impertérrita. Intento lanzarle una soga, estamos a mitad de camino en la selva, somos acechadas por bestias multicolores de ojos oscuros, negros como la nada y fui un animal, veloz y tenaz que no pudo salvarla. Todo se nubla de repente, pienso en porque no ha podido ser solidaria, estoy débil, no puedo librar una batalla ahora, todo se va alejando; su voz, sus pasos demoledores, el aroma de su poleron. Ya he estado aquí: Traía el semblante desinteresado de las despedidas. Las piernas se me tuercen, se me devana la piel machacada. Ella conoce este lugar. Es tan sólo un mal disfraz. Quiero que sea la última, que se convine con todo allá afuera, que se alteren los caminos devuelta, que se rompa el rito absurdo de las coincidencias y reírme a carcajadas de la desavenencia de su partida. Decirle que tentó a la suerte, desafortunada. Pero estoy en medio de una cruzada, me la arrebataron de las manos mercenarios de un reino sacrílego. Nunca he portado una espada, pero estoy dispuesto a desenvainarla, tengo el corazón hinchado, me sudan las manos y toda la sangre a corrido a mis piernas a alta velocidad, la misma que me impulsa a ella con las pupilas endurecidas, mientras su cuello es rebanado en la altura de un podio. Caigo justo después de terminar el corredor, el aliento me acompaña hasta los extremos de la cama. -Haz algo- me repito, sé el fuego de todos los fuegos, con las manos sangrantes, con los harapos a cuestas, mientras se cierra la puerta. Y estoy en 1980 perdiéndola en la salida de un café, con un trozo de primavera escondiéndoseme en el bolsillo. Y estamos en campos de trigo, en pedazos de naranja estallando en nuestras bocas, en un bosque helado en las riveras del sur, bajo el galope de caballos furiosos y descarrilados. Atrás y delante de un fusil. En el beso justo, en la estación prometida, en la hora mágica.
Aún con los huesos atolondrados pienso en pararme. Enfrentarme a la inmensidad que se teje fuera de la habitación como un palacio de telarañas. Reunir las fuerzas bastantes para decapitar a los fantasmas que me adhiere, a las cosas que yo seré cuando se vaya, a las posibilidades de mi yo más absurdo, a todo lo que le inventé y me inventó, a su renuncia frente a la amarga probabilidad de que algún día surja en mi boca una risa desequilibrada. Y tomo toda esa matemática y las arrojo tras de ella como quien se deshace de injurias y calumnias malintencionadas. Porque alguno debía cansarse alguna vez, de ser el fantasma de las relaciones pasadas; En cualquier ciudad, en el siglo que ella estime, inclusive en el lado más flaco de nuestro sillón.
"Estas líneas que miras ahora mismo
son columnas de arena vertical:
vas con ella fluyendo hacía el abismo
vas goteando hacía el fondo del cristal".
Oscar Hanh.
Ella está sostenida por la entrada de la casa. Ella guarda sus cosas con una mueca en la cara. Ella se arrastra con pasos de soldado por el corredor lleno de ratas. Yo intento sujetarme de umbrales cualquiera en una esquina parchada. Ella va recopilando mis miedos; los encuentra en el cuarto de baño, escondidos en un rincón oscuro con dos miradas de terror iluminadas. Los echa en su bolsa, desde ahora puede dispararme a quemarropa. Yo me quemo de frío, me deshago en las tinieblas gélidas de la casa. He vivido esto antes; Ella se marchaba impertérrita. Intento lanzarle una soga, estamos a mitad de camino en la selva, somos acechadas por bestias multicolores de ojos oscuros, negros como la nada y fui un animal, veloz y tenaz que no pudo salvarla. Todo se nubla de repente, pienso en porque no ha podido ser solidaria, estoy débil, no puedo librar una batalla ahora, todo se va alejando; su voz, sus pasos demoledores, el aroma de su poleron. Ya he estado aquí: Traía el semblante desinteresado de las despedidas. Las piernas se me tuercen, se me devana la piel machacada. Ella conoce este lugar. Es tan sólo un mal disfraz. Quiero que sea la última, que se convine con todo allá afuera, que se alteren los caminos devuelta, que se rompa el rito absurdo de las coincidencias y reírme a carcajadas de la desavenencia de su partida. Decirle que tentó a la suerte, desafortunada. Pero estoy en medio de una cruzada, me la arrebataron de las manos mercenarios de un reino sacrílego. Nunca he portado una espada, pero estoy dispuesto a desenvainarla, tengo el corazón hinchado, me sudan las manos y toda la sangre a corrido a mis piernas a alta velocidad, la misma que me impulsa a ella con las pupilas endurecidas, mientras su cuello es rebanado en la altura de un podio. Caigo justo después de terminar el corredor, el aliento me acompaña hasta los extremos de la cama. -Haz algo- me repito, sé el fuego de todos los fuegos, con las manos sangrantes, con los harapos a cuestas, mientras se cierra la puerta. Y estoy en 1980 perdiéndola en la salida de un café, con un trozo de primavera escondiéndoseme en el bolsillo. Y estamos en campos de trigo, en pedazos de naranja estallando en nuestras bocas, en un bosque helado en las riveras del sur, bajo el galope de caballos furiosos y descarrilados. Atrás y delante de un fusil. En el beso justo, en la estación prometida, en la hora mágica.
Aún con los huesos atolondrados pienso en pararme. Enfrentarme a la inmensidad que se teje fuera de la habitación como un palacio de telarañas. Reunir las fuerzas bastantes para decapitar a los fantasmas que me adhiere, a las cosas que yo seré cuando se vaya, a las posibilidades de mi yo más absurdo, a todo lo que le inventé y me inventó, a su renuncia frente a la amarga probabilidad de que algún día surja en mi boca una risa desequilibrada. Y tomo toda esa matemática y las arrojo tras de ella como quien se deshace de injurias y calumnias malintencionadas. Porque alguno debía cansarse alguna vez, de ser el fantasma de las relaciones pasadas; En cualquier ciudad, en el siglo que ella estime, inclusive en el lado más flaco de nuestro sillón.
"Estas líneas que miras ahora mismo
son columnas de arena vertical:
vas con ella fluyendo hacía el abismo
vas goteando hacía el fondo del cristal".
Oscar Hanh.
miércoles, enero 30, 2013
La amante muerta
*
Entonces sopló un viento terrible. Mi obstinación en luchar contra el polvo me permitió ver por vez última, como ella se iba haciendo pequeña y difusa en la angostura distante de la calle. Era la amante muerta desapareciendo, era el grito hasta el vértigo, el hoyo en el alma por donde ella juega y salta, por donde grita maquiavélica que la nada existe, por donde arroja miradas de terror a los visitantes, a los amantes pasajeros, a los viajantes.
Se pierde en la acera de enfrente. El bus que toma acecha furioso e indolente y en pocos segundos la velocidad de sus ruedas cortará la estela de sangre que nos une. Unos minutos después ella perderá su mirada en el camino. Yo me quedaré en la parada opuesta pensando en si mis pasos fueron pesados, abigarrados de lentitud. Moverme es un infierno. Soy un ser sangrante como un elefante asesinado en las puertas de un circo. Más tarde seguiré sus rutas para vestirme del calor que deja su cuerpo en todas las cosas mundanas. Horas después caeré y reiré y la demencia será un paso firme. Azotaré mi cuerpo contra los murallones en donde se posó su sombra gélida y me imantaré de su frío. Al pasar de las semanas me congelaré, y el corazón habrá formado un órgano de la cicatriz madura y al paso de los meses seré una mirada impía, un paso ligero perdiéndose en la angostura pérfida de la calle, y seré sólo un cuerpo difuminado, achicándose con rapidez, brincando sobre agujeros en el alma de alguien, y seré la nada aterrada, la bilis del mundo, la amante muerta.
"Dos arañas son dos miradas de terror que caen de ojos distintos. Se encuentran en un rincón de la casa y huyen en direcciones opuestas, porque le tienen miedo al amor." -Oscar Hahn-
Entonces sopló un viento terrible. Mi obstinación en luchar contra el polvo me permitió ver por vez última, como ella se iba haciendo pequeña y difusa en la angostura distante de la calle. Era la amante muerta desapareciendo, era el grito hasta el vértigo, el hoyo en el alma por donde ella juega y salta, por donde grita maquiavélica que la nada existe, por donde arroja miradas de terror a los visitantes, a los amantes pasajeros, a los viajantes.
Se pierde en la acera de enfrente. El bus que toma acecha furioso e indolente y en pocos segundos la velocidad de sus ruedas cortará la estela de sangre que nos une. Unos minutos después ella perderá su mirada en el camino. Yo me quedaré en la parada opuesta pensando en si mis pasos fueron pesados, abigarrados de lentitud. Moverme es un infierno. Soy un ser sangrante como un elefante asesinado en las puertas de un circo. Más tarde seguiré sus rutas para vestirme del calor que deja su cuerpo en todas las cosas mundanas. Horas después caeré y reiré y la demencia será un paso firme. Azotaré mi cuerpo contra los murallones en donde se posó su sombra gélida y me imantaré de su frío. Al pasar de las semanas me congelaré, y el corazón habrá formado un órgano de la cicatriz madura y al paso de los meses seré una mirada impía, un paso ligero perdiéndose en la angostura pérfida de la calle, y seré sólo un cuerpo difuminado, achicándose con rapidez, brincando sobre agujeros en el alma de alguien, y seré la nada aterrada, la bilis del mundo, la amante muerta.
"Dos arañas son dos miradas de terror que caen de ojos distintos. Se encuentran en un rincón de la casa y huyen en direcciones opuestas, porque le tienen miedo al amor." -Oscar Hahn-
Al otro lado se ve el infinito, que miedo
*
Este es un pequeño espacio del universo que
parte acá, acá en el límite de mi boca. Abro los labios delicadamente, para
evitar las heridas del silencio arraigado. Los abro y respiro por vez primera.
Inhalo. Siento un temblor en mis manos, se fracturan mis dedos tiesos sobre el
teclado. Asciende éste como si lo llevase la fuerza de un imán y tras de él la
mesa enjuta que pisa, las cortinas amarillas deslavadas, polvorienta la
repisa en mi paladar, el libro sin cuenta, como una serpiente que se desenrolla, las
palabras: "Al otro lado se ve el infinito, que miedo". Como un
dominó que toma velocidad, las gafas rotas, la polaroid de mi abuelo, los
western, las películas francesas que no vi, las zapatillas blancas por años sucias, los audífonos, las
manillas, los pernos de la puerta destartalada, la mesa y la mancha blanca de
la olla caliente, la silla coja, el corredor oscuro, la
escalera de mis padres, la cama a veces de ella, la noche cautiva,
el barrio, el vaso, el beso, la gota, de la micro los cantantes, la pileta, los
jeans húmedos, la risa, la carretera, la euforia, la playa, la mirada, lo
indecible, lo indeleble, los fantasmas, lo que amarra, lo que suelta, lo que
atrapa desde el otro lado, la arena, el horizonte perdido, mi piel devanada. Los buses, las rutas, el metro, los cigarrillos
deshechos, las subidas, las bajadas, las puertas cerradas, el miedo. Las bandas
rock, las canciones gritonas, las heridas: Las tuyas, las mías, las de ellas.
La velocidad, lo nublado, la embriaguez, las paredes tristes, las ventanas
tristes, la habitación triste. La mañana: La certeza terrorífica, la mirada
herida detenida, las trampas del corazón y todo lo que se estila. Los años;
carreras espaciales de desencanto. El puente; Tú de nuevo con la sonrisa ancha, con el cabello estirándose y desenredándose hasta los talones, hasta los míos,
por medio de mis piernas, circundando mis caderas, mis pechos, mi espalda, mi
cuello, mis labios, empujándose tras de todo, abriéndose hasta mis
entrañas, y en tu boca un cerrojo en forma de peón de ajedrez, infinito, que me absorbe a mí, que lo absorbe todo.
"Eso fuimos los dos: Torres gemelas que se desplomaron, torres en llamas que se hicieron escombros". -Oscar Hahn-
No hay nada más terrorífico que la nostalgia
*
Hay días, incluso en verano,
donde no hay nada más pesado que la nostalgia. El disonante envejecimiento del
cuerpo corriendo tras el espíritu hilarante de las memorias. ¿Como enfrentarse
a un "uno mismo" joven y pueril?: Los dientes lechosos, los ojos
brillantes, las manos tersas que jamás se han estrellado contra la tierra. Como
volver ahí sin la nausea de los años, sin el agrio beso de la muerte en los labios.
Porque no hay nada más terrorífico que la nostalgia; Las mejillas aún
rosadas, el cuerpo fresco de las primaveras.
La sombra de abril en el
parque: Sus ojos pardos y su risa blanquecina estallaron como una bala que
entró por mi boca y explotó en mi garganta; Sus comisuras perfectamente
levantadas por donde se escurría una sonrisa asertiva, el lunar en su
inescrupulosa mejilla derecha, el blazer negro brillante y el color savage de
su cabello, aparecieron de pronto: Estoy ahí y ya puedo escuchar hilvanarse ese suspiro coqueto suyo. Lentamente sus palabras se transforman en una escena tecnicolor.
El color rojo de su abrigo en el sepia otoño que pasó raudo, que quebró las
hojas amarillentas debajo de sus zapatos, que corrió como una cortina tempestuosa
abrochando nuestro beso bajo los paraguas lambisqueros, que la escondió tras
su bufanda en el gris de salvador, que nos abrazó con sus estaciones infinitas y nos arrojó a los charcos invernales de
marea alta y nos mojó las mañanas eternas, las cascaras de naranja en la
estufa, la madera hinchada, el corazón rojo: azulándose. La hipotermia. Nos
congelamos durante siglos. Se congelaron nuestras miradas inquietas en la cama,
los algodones dulces y las montañas rusas viscerales que surtían de abrazos
sorpresivos en una esquina amorosa de la escalera. Que se puso puntiaguda, que
deformó sus vértices, que se hizo impía, mugrosa, intrigante, que se fue
deslizando y estirando a sus anchas de piedra negra. Que nos colocó en la
puerta quejumbrosa de febrero, que me devoró completa, que de pronto estaba
ella con la mirada amarga, con las comisuras declinadas, con sus mejillas
claudicando, con su oscuridad azul profunda acariciando mi mano, por vez última. Porque hoy es
la última despedida. Porque corrimos demasiado lejos y ya no distinguimos a la niña
del blazer negro brillante y el lunar inescrupuloso en la mejilla derecha
sonrojarse en el parque, fundirse en el olor a tierra húmeda de las tardes a
las siete.
No hay nada más terrorífico
que la nostalgia.
"¡Cuan dichosa es la suerte de una inocente virgen! El mundo olvida, el mundo olvidado. ¡Eterno resplandor de una mente sin recuerdos!".
lunes, enero 28, 2013
Lavoz
*
Debería escribir
los 21.
Debería escribir los 21 -pensé-
Debería escribir los 21 (Se cerró la puerta de entrada).
Debería escribir los 21: Burlones se alejaron ligeros los pasos.
Debería escribir los 21; Deslenguada la primavera.
Debería los 21 escribir Aromos violentos de verano agujereando tu boca...
Los debería escribir 21 hasta que emerja a su centro, hasta que vea la luz apretujada en tu ombligo y que el invierno compasivo me arrastre el acido que cogí de tu estomago.
Pero violentas entrañas de otoño se cierran en los vórtices de mi boca porque es 21 y quiero invierno(s) burlones y deslenguados como ligeros pasos, -pensé- mientras subes a la micro-demente. Debería escribir los 21.
Debería escribir
los 21.
Debería escribir los 21 -pensé-
Debería escribir los 21 (Se cerró la puerta de entrada).
Debería escribir los 21: Burlones se alejaron ligeros los pasos.
Debería escribir los 21; Deslenguada la primavera.
Debería los 21 escribir Aromos violentos de verano agujereando tu boca...
Los debería escribir 21 hasta que emerja a su centro, hasta que vea la luz apretujada en tu ombligo y que el invierno compasivo me arrastre el acido que cogí de tu estomago.
Pero violentas entrañas de otoño se cierran en los vórtices de mi boca porque es 21 y quiero invierno(s) burlones y deslenguados como ligeros pasos, -pensé- mientras subes a la micro-demente. Debería escribir los 21.
viernes, diciembre 21, 2012
De otra mi desconocida.
*
Digo que me duele el pelo...
tu pelo
el que calza tu cabeza
el que cae derrotado en tu hombro
mi pelo
derrotado en mi hombro
tu pelo furioso en el viento
destrozando carcajadas
devorando el silencio
infierno de palabras que subyacen en tus dedos.
Digo que me duele el alma...
y es como si me masticara un eco
y son tus dientes crujiendo tan dentro
que por más que hurgo solo veo un cielo abierto
un diamante afilado trepidando en mi cuello.
Y digo que me duele nada...
La nada más nada de no recordar tu reflejo
tu sombra gélida
tu dolor muerto.
Mi dolor muerto en la mesa.
Y yo sabiendo que te encontraba
y yo sabiéndote tan lejos
y yo sabiéndote de otra
de otra historia
de otras historias de viejos
de otros muertos.
Digo que me duele el pelo...
tu pelo
el que calza tu cabeza
el que cae derrotado en tu hombro
mi pelo
derrotado en mi hombro
tu pelo furioso en el viento
destrozando carcajadas
devorando el silencio
infierno de palabras que subyacen en tus dedos.
Digo que me duele el alma...
y es como si me masticara un eco
y son tus dientes crujiendo tan dentro
que por más que hurgo solo veo un cielo abierto
un diamante afilado trepidando en mi cuello.
Y digo que me duele nada...
La nada más nada de no recordar tu reflejo
tu sombra gélida
tu dolor muerto.
Mi dolor muerto en la mesa.
Y yo sabiendo que te encontraba
y yo sabiéndote tan lejos
y yo sabiéndote de otra
de otra historia
de otras historias de viejos
de otros muertos.
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